Leer el inclinado antes de sacar la motosierra
Un viento chinook o una nevada pesada de primavera deja árboles recargados donde nunca crecieron. Un inclinado descansando sobre otro árbol o sobre un techo ya no se sostiene de sus raíces. Es un resorte cargado. El tronco, las ramas que lo detienen y la madera donde descansa cargan fuerza en direcciones que nadie ve desde la banqueta. Corte la fibra equivocada y esa fuerza se suelta de golpe, hacia la motosierra y hacia el hombre que la trae.
Primero viene la lectura. Hacia dónde quiere moverse la carga, qué la está deteniendo, qué se suelta cuando abre el primer corte. Un escalador que trabaja madera de tormenta hace esa lectura desde una cuerda en un árbol sano de al lado, no debajo de la inclinación. Cada corte se planea para que la madera se mueva lejos de él y lejos de lo que tiene debajo. Si su cuadrilla está parada alrededor de un inclinado discutiendo por dónde empezar, esa discusión es la señal de que el trabajo es para un escalador.
Puntas quebradas y ramas colgadas
El viento quiebra una punta y no siempre cae. Se queda colgada en la copa, atorada en unas cuantas ramas, sobre la entrada, sobre la acometida eléctrica o sobre el punto donde su hombre de tierra apila la rama. Una rama colgada puede aguantar una semana o soltarse con la siguiente brisa. Desde el suelo nadie sabe cuál de las dos. Cada hora que sigue allá arriba es una carga sin aparejo encima de una zona de trabajo.
Un escalador pone el aparejo antes de que nada se mueva. Se coloca arriba o a un lado de la rama colgada, la amarra a un punto sano y solo entonces hace el corte que la libera. La pieza se columpia sobre la cuerda en vez de caer, y la cuadrilla de tierra la baja a un punto despejado a la velocidad que elija. Una punta quebrada baja igual, cortada en tramos que la cuerda aguanta. Con control desde el primer corte hasta el suelo, no soltada a ver dónde cae.
El problema de jalar desde el suelo
Jalar una rama colgada con una línea o con la troca parece la jugada segura porque nadie deja el suelo. El problema es que un jalón es una adivinanza. Nadie sabe qué está deteniendo la pieza en realidad, así que nadie sabe qué dirección toma cuando se suelta. Puede rodar de donde está atorada y caer en otro lado por completo. Puede regresarse como látigo por la línea hacia el hombre que jala. Puede sacudir toda la punta quebrada y tirarla también.
El trabajo aparejado quita la adivinanza. La pieza está amarrada antes de estar libre, así que el punto donde se suelta y la zona de caída se eligen, no se descubren. Esa es toda la diferencia. Un jalón gasta su control antes de que la madera se mueva y no le queda nada después. Una cuerda puesta desde arriba mantiene el control durante toda la bajada. Cuando la rama cuelga sobre un techo, una línea eléctrica o un punto donde su cuadrilla tiene que seguir trabajando, adivinar es la opción cara.
Cuando todas las cuadrillas andan saturadas
Después de un ventarrón el teléfono no para. Todas las compañías de árboles del pueblo están saturadas al mismo tiempo, y los trabajos que se amontonan son justo los que traen peligros en altura. Su cuadrilla puede mover rama y trozar troncos caídos todo el día, pero cada rama colgada y cada inclinado cargado detiene la agenda hasta que alguien calificado sube. Si su escalador es el cuello de botella, la semana de tormenta es cuando se nota.
Un escalador por contrato por el día rompe ese cuello de botella. Llega, se amarra en las escaladas de peligro, y su cuadrilla corre el trabajo de tierra que ya conoce mientras las piezas técnicas bajan con aparejo. Una tarifa por día plana, sin contratación nueva, sin subir a un hombre de tierra bajo presión. Los trabajos peligrosos salen de la pizarra mientras el resto de la agenda sigue avanzando. Cuando el trabajo de tormenta se amontona, la salida más rápida es un escalador que entra a la cuadrilla que usted ya tiene.